Tardes de soledad
Las largas horas tardías de infancia en compañía
De una pelota de peluche
De niño una de las cosas a las que más tienes miedo es la
soledad y a pesar que te acostumbras mientras vas creciendo, tienes que buscar
alternativas para sentirte seguro, algunas lo hacen con objetos como en mi
caso. Eduardo tenía como peluche a una pelota de felpa, que lo acompañaba cada
vez que el reloj marcaba las 14 horas, el niño regresaba del colegio y la veía encima de la cama, como si fuese
alguien más que está a la espera de su amigo, juntos pasaban esas tardes de
melancolía, en la que sus padres no estaban por motivos de trabajo, llegando a
altas horas de la noche, o eso es lo que creía el niño para su edad.
La campana de la salida tocaba estruendosamente, los
niños de primaria del colegio “Padre Francois Delatte”, salían corriendo como
era costumbre de la infancia, Eduardo con 6 años era uno de los primeros en
llegar a su movilidad y ponerse a jugar con sus compañeros de diferentes
secciones y grados del automóvil que lo transportaría a su casa, el trayecto
era ameno bulla por aquí y por allá, hasta que el carro frenaba en seco, estaba
ya en casa, bajaba de la movilidad, mientras se despedía de sus compañeros,
buscaba su llave para abrir la puerta, era marca Yale con dientes filudos, ya
que en ocasiones le gustaba cortar la bolsa de pan con eso, porque no podía
desamarrarla.
Giraba la llave a la izquierda generalmente y le echaba
llave a la puerta en vez de abrirla, una desventaja de zurdos cuando son niños,
al fin la lograba abrir la puerta metálica negra, ingresaba a su casa, dejaba
todos los días su mochila azul encima del sillón, a pesar que su madre le llamaba la atención las pocas
veces que el la veía en casa de tarde, pero ese día no era raro, así que no
había nadie en casa, podía dirigirse a la cocina para ver que había dejado su
madre de comer, destapaba el táper,
envuelto en una pequeña manta de “toy story” alado una nota escrita por
ella diciendo que haga mi tarea antes de prender la tele y que me quería mucho;
cosa que no hacía, por que buscaba el control del televisor, se sentaba en el
sillón y disfrutaba su almuerzo, así empezaba la tarde.
Comía sus alimentos raudamente, era un niño con buen
apetito, eso si no lavaba sus servicios usados, a la justa limpiaba los arroces
caídos, se dirigía a su cuarto, tenía que cambiarse su uniforme, que aburrido, ahí se encontraba
la pelota de felpa se echaba encima de ella y empezaba a ver el techo durante
varios minutos, imaginándose tantas historias en su cabeza, se incomodaba,
sacaba la pelota de su cabeza y empezaba a jugar tirándola contra el techo,
evitando que le caiga a la cara porque le hacía cosquillas con sus pelusas o
tela que seria, retomaba la noción del tiempo y se cambiaba de ropa, tenía que
hacer sus tareas, pero eran aburridas así que decidía dejarlas para después,
eran casi las 5, hora punta en el parque para salir a jugar, tomaba su llave,
pateaba por última vez la pelota a cualquier lado y gritaba gol!!, sabiendo que
ella la esperaría de regreso. Abría la puerta, esta vez sí le echaba llave
correctamente y se iba corriendo al parque que quedaba a dos cuadras de su
casa.
Al llegar al parque encontraba varios niños, algunos
conocidos otros no, no era un niño tímido se acoplaba a lo que jugaban, la
época de oro en que los niños no
dependían de la tecnología para ser felices, bueno existía el “play station 1”
que le encantaba, pero no era tan obsesivo como ahora lo son varios infantes,
seguramente de la última generación que pudo disfrutar de la sociabilidad sin
tecnologías. Se iba oscureciendo, era hora de regresar a casa, caminaba a un
paso apurado viendo a los perros en los techos como ladraban por gestos que
hacia el niño para molestarlos.
Llegaba de nuevo a su casa, era la parte más fea de la
tarde ya casi toda la casa oscura, otra vez había olvidado dejar las luces
prendidas, que quedaba al otro extremo de la sala, entraba lentamente vigilando
que alguien no aparezca de la nada, todo estaría tranquilo si hubiera dejado la
luz prendida se recriminaba en su mente mientras caminaba sigilosamente, por
fin llegaba, prendía las luces de la sala y el comedor, la casa e veía tan
grande y fría, apuesto que si gritara se escucharía todo el eco decía, recogía
la mochila del sillón y la llevaba a su cuarto, es hora de hacer la tarea, son
las 18:30 hay que apurarse, el niño se dirigía
a su escritorio, se sentaba en su silla de madera, era muy incómoda, así
que se sentaba sobre la pelota de felpa, era multiusos esa magnífica pelota, que si bien recuerda le había
regalado su padrino de bautizo unas de las pocas veces que lo había visto en su
vida, pero recuerda sus palabras “ te acompañará mucho”.
Terminaba las tareas, era hora de cenar , se preparaba
leche con cocoa en la cocina, mientras sintonizaba una novela que ni entendía,
solo quería un poco de bulla que hiciera parecer que estaba con alguien, pienso
que cualquiera haría lo mismo estando solo, el reloj marcaba las 20 horas,
estaba acostumbrada a irse a la cama temprano en comparación de varios niños
que se jactaban de dormir tarde, como si fuera gran cosa, entraba al baño a
lavarse los dientes con la pasta que picaba mucho, así que se echaba poquito
para no llorar, ya en pijamas agarraba la pelota puesta en la silla y se metía a su
cama abrazándola, se cubría toda la cabeza y cerraba los ojos, sabía que mama
vendría en una hora a darme las buenas noches y yo la recibiría sonámbulo y
caería sobre mi pelota de peluche que también servía como almohada.
Nunca necesitó de un arreglo porque era de calidad
Los recuerdos siempre perduraran a través de la infancia del niño, hoy
joven
Fuentes:
Herminia Huayhua Flores MADRE DEL NIÑO




